Por Axel Alejandro Castellanos Ibarra
Érase una vez, en un ranchito muy lejano de la
ciudad, en donde siempre cada mañana, de cada día, cuando el primer rayito de
sol tocaba la tierra húmeda y café, resonaban en la plana pradera repleta de
árboles naranjos, el cantar de las aves; era un ranchito muy bonito, pues ahí
el granjero cuidaba muy bien a sus animales y los alimentaba muy sanamente,
dándoles lo mejor de lo mejor y siempre preocupándose por ellos.
En esa linda granjita, habían muchos animales, habían cabritos,
puerquitos, vacas, caballos, toros, perros, gatos, gansos, gallinas y muchos
pollitos, pero dentro de todos ellos, había uno en especial que el granjero
alimentaba y cuidaba como a ninguno otro, a la puerca llamada Milagros. La
puerquita Milagros era quizá la más consentida de todos los animales, pues
acababa de dar a luz a tres lindos cerditos y eso para el granjero eran muy
buenas noticias.
Pero un día de invierno, el día más frío de la temporada, la puerquita
Milagros olvidó darle de comer a sus tres pequeñitos y prefirió quedarse acostada
en la caliente paja del granero, dejándolos fuera del calor del granero; cuando
de repente, entre sueños, llegó la vaca Miramonte a despertarla y decirle que
se levantara y fuera a buscar a sus pobres pequeños, porque se estaban
congelando en el frío invierno, pero a Milagros, esto no le importó y siguió
durmiendo. Así que la vaca Miramonte se armó de valor para salir al frío a
buscar a los tres cerditos perdidos. El sol comenzaba a esconderse y Miramonte
no regresaba, mientas que Milagros seguía dormida.
Entró la noche oscura y fría, y Miramonte seguía buscando a los
indefensos cerditos entre la blanca y fría nieve. Esto fue hasta que finalmente
los encontró acurrucados en el tronco de un árbol de naranjas, pero estaba tan
débil que no podía ni levantarlos, así que comenzó a mugir tan fuerte que
despertó al granjero y este salió a rescatarlos. El granjero muy orgulloso de
la vaca la alimentó y la lleno de calientes prendas como forma de gratitud por
haber salvado a los tres cerditos, y en cuanto a la puerca Milagros, el
granjero le quitó todas las comodidades que tenía y dejó de consentirla. Ya no
le daba de comer como antes y ya no
dormía en la paja, si no en el corral con los demás puercos y así fue como
aprendió la lección de no dejar la
responsabilidad por la comodidad y la flojera, pues tarde o temprano las puedes
perder.
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