Por Javier Sosa Aragón
En
un pueblo de la ciudad de Oaxaca, llamado Santa María Zoquitlán, ocurrían
sucesos muy extraños sin ninguna explicación.
Corría
el año de 1950, este pueblo era muy pobre todavía, prácticamente estaba
incomunicado con la ciudad porque los caminos estaban en construcción, así que
solo se podía viajar en bestia o a pie en todo el río hasta llegar a Totolapan,
el pueblo más cercano a Zoquitlán que erar el más comunicado con la ciudad y
donde había transporte motorizado.
Un
día María, una niña de 4 años, salió de su casa a buscar a su mamá, de repente sintió que
alguien la seguía, se dio la vuelta y vio a unos niñitos muy extraños,
arrugados como pasas, parecían ancianos en miniatura.
Ellos
le dijeron:
-Ven
con nosotros ¡vamos a jugar!-
-No
gracias, tengo que ir con mi mamá- Respondió la pequeña María.
-¡Mira!
Tenemos juguetes- los pequeños seres le mostraron una muñeca y María no pudo
contenerse y fue con ellos.
Su
mamá estaba en la ayuda de una fiesta, porque se casaba una de sus primas, así
pues, no se dio cuenta de la ausencia de su pequeña hija.
Ya
caída la noche, la mamá regresó a su casa pensando que ahí estaba su hija.
Cuando llegó, no encontró a María, así que dio avisó a las autoridades para que
la ayudaran a buscarla.
Durante
toda la noche y toda la mañana del siguiente día estuvieron buscando a la
pequeña María en todo el pueblo y en los cerros más cercanos. Al final, la
encontraron entre un matorral de espinas, completamente desnuda, desmayada y
con muchos arañones.
Durante
10 años más estuvieron desapareciendo muchos niños pequeños, en los 60, llegó
la luz eléctrica y desde que llegó este servicio, disminuyó el número de niños
desaparecidos considerablemente. Conforme pasaban los años la gente tomaba más
precauciones en cuanto a estos seres que se decía que eran unos pequeños
humanos, a los que les decían duendes. Hoy en día se cuentan estos relatos a
los niños, para que no anden con extraños.
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