Por Laura Crystel Carreño Olivera
Cierto día, la pequeña Marlene se encontraba en
su escuela, era la hora de salida pero aún no iban por ella, al parecer su
padre la había olvidado; así que decidió ir a explorar puesto que en horas de
clase es imposible, y con amigos no se podía hacer correctamente puesto que
eran muy miedosos y poco aventureros.
Caminó y encontró un lugar de ensueño, había
muchos árboles tan altos que casi tocan las nubes, pájaros que cantaban
hermosamente, conejos rellenitos, ardillas platicadoras y demás animales que es
muy común encontrar en los cuentos.
Pronto se encontró en un lugar muy extraño, era una especie de
laberinto, pero con espejos lo cual hacía más difícil la huida; a lo lejos se
veía un ave multicolor muy llamativo, pero cada vez que ella se acercaba el ave
parecía alejarse más. Finalmente llegó hasta el ave, un extraño ser de ropa
verde con sombrero de cascabel y muy pequeñito, se acercó a ella y le dijo:
-¿Te ha gustado el ave? Puedo llevarte a un
hermoso lugar en donde hay muchos más- dijo el extraño ser con un tono de
suspicaz.
-¿Quién eres tú? ¿Por qué vistes así?- preguntó Marlene
algo temerosa.
-Soy quien viene a protegerte y cuidar de ti-
respondió aquel ser, le hizo señas para que lo siguiera y prosiguió- sígueme,
vamos a jugar.
Pasaron horas y horas, el duende mostraba
señales de cansancio, pero Marlene insistía en seguir jugando; de repente todo
se esfumó, la voz preocupante de su padre la despertó, la luz del sol se había
marchado. El padre de Marlene había olvidado por completo que era el encargado
de ir por ella y lo recordó cuando había llegado a casa y no vio a la niña.
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